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ENTREVISTA A FERNANDO J. LÓPEZ.

 
Tengo la enorme suerte de conocer en persona a Fernando J. López, dramaturgo, novelista y profesor de la escuela pública. Cuando le comenté lo de hacerle una entrevista, aceptó entusiasmado. No voy a desvelar nada, porque ya lo hace Nando en las respuestas que me da.

Pregunta: La cultura en general, y el teatro en particular, están atravesando una época dura en lo que a ingresos y número de espectadores se refiere, ¿cómo ves tú, desde el punto de vista de autor, el estado de nuestro teatro?
Creo que ahora mismo hay una clara dicotomía entre la efervescencia creativa –cada vez hay más voces con mucho que decir y más ganas de buscar el modo de cómo decirlo- y el nulo apoyo que se recibe por parte de los organismos oficiales. La crisis se ha convertido en la gran excusa para desatender la cultura y, peor aún, para socavarla. El teatro alienta el pensamiento crítico y su poder agitador no interesa a quienes nos prefieren callados y sumisos.

Pregunta: A parte de la obvia bajada del IVA cultural, ¿qué otras soluciones o arreglos crees que necesita el teatro para crecer económicamente, en la situación actual?
 Se necesita apoyar el teatro desde la base: no existe una educación teatral sólida en nuestro país. Por otro lado, hay que buscar fórmulas que permitan que los montajes resulten rentables de modo que se puede reinvertir lo obtenido en nuevas producciones. A menudo echo de menos más riesgo: el público es menos conservador de lo que nos quieren hacer creer. De todos modos, no creo en recetas ni en soluciones mágicas, pero sí en el trabajo continuo y tenaz.

Pregunta: A pesar de la dura época que sufrimos hoy, lo que si parece cierto es que está habiendo un enorme boom en la creatividad, ¿estás de acuerdo?
Sin duda. Las épocas de crisis siempre han sido un territorio especialmente fértil para la creación, seguramente porque la literatura –en todas sus formas- se hace más necesaria tanto para quien encuentra en ella el modo de expresar su visión de la realidad como en quienes se acercan a los textos buscando puntos de vista desde los que afrontar un mundo que, de repente, nos resulta mucho menos sólido.

Pregunta: El trabajo del dramaturgo, en el papel, es duro y poco reconocido por el público o la crítica en comparación con otras figuras literarias como el novelista o el poeta; hay pocas editoriales especializadas y pocos concursos en comparación con otros géneros: ¿cómo sienta eso? ¿A qué crees que se debe esta situación?
Se ha perdido y deteriorado la tradición teatral en nuestra maquinaria cultural y educativa. En países como Francia o Inglaterra se valora muchísimo más la figura del dramaturgo y resulta impensable no encontrar ediciones de ciertos autores. En nuestro caso, sin embargo, son muy pocos quienes apuestan por el teatro como literatura con mayúscula. En ese sentido, dos editoriales, con quienes tengo la suerte de haber publicado textos míos, están haciendo una magnífica labor: Ñaque y Antígona. Los amantes de la literatura dramática les debemos mucho a ambos.

Pregunta: Sé, por experiencia propia, que la siguiente es una pregunta que molesta mucho, pero permíteme hacértela, ¿cómo definirías tu teatro?
No creo que la literatura admita etiquetas pero, en cualquier caso, si tuviera que elegir una, en mi caso diría que mi teatro es un teatro que intenta reflejar la contemporaneidad. Mi afán como autor es reflexionar sobre cuestiones universales –las relaciones personales, la comunicación, el deterioro del sistema social...- a partir de situaciones muy particulares. Me gusta que mi teatro cuente vidas, momentos, y que sea el público quien extraiga sus conclusiones. Odio la moralina.

Pregunta: ¿Cuál o cuáles consideras como grandes influencias en tu carrera como dramaturgo: obras o autores?
Son muchas y muy diversas, la verdad. Si tuviera que mencionar solo algunos nombres, me quedaría con Ernesto Caballero y Juan Mayorga –cuyos textos he leído y releído en más de una ocasión: admiro profundamente su forma de provocar al espectador y de arriesgar continuamente en todas sus obras- y con Brecht y Koltès. Mención aparte merece el teatro de Lorca, cuya pasión intenté reflejar en mi monólogo Tour de force, o de Camus y Beckett, en los que encuentro muchos de los temas que me obsesionan como autor y como espectador.

Pregunta: “Cuando fuimos dos” está siendo éxito haya donde va, ¿cómo lo vives? ¿Qué destacas del montaje de Quino Falero? ¿Y del trabajo de los actores?
El éxito de Cuando fuimos dos creo que se debe a que ha roto un tabú que, hasta ahora, permanecía intacto. Es una historia donde se cuenta la relación entre dos hombres sin justificar, en ningún momento, por qué es una pareja gay. Tampoco se presentan elementos específicos del mundo homosexual, sino de cualquier tipo de relación. Esa forma de plantear la historia, que es esencial en el texto, es la que ha adoptado Quino desde la dirección, consiguiendo un nivel de emoción absolutamente espléndido y una química brutal entre los dos actores. Ver a David Tortosa y a Felipe Andrés como César y Eloy es un auténtico lujo, porque llenan el escenario de verdad y saben arrastrar al público hasta ese dormitorio que protagoniza la función. Al final, todos nos convertimos en voyeurs de su historia y, después, nos sentamos en esa misma cama para analizar la nuestra. De eso se trata esta función, de crear un espejo en el que el público se atreva a mirarse y a dejarse mirar. Y por eso, supongo, funciona tan bien.

Pregunta: La temporada pasada, dos obras tuyas estaban programadas en los escenarios de Madrid: “Cuando fuimos dos” y “Darwin dice”. Literaria y teatralmente, ¿qué destacas de cada una de ellas? ¿Qué te impulso a escribirlas en su momento?
En ‘Cuando fuimos dos’ intenté contar en escenas muy cinematográficas los recuerdos desordenados de una historia de amor. Creo que cuando miramos hacia atrás no vemos nuestras vidas de pareja de modo organizado y lineal, sino que todo se mezcla y se convierte en un laberinto que nos arrastra una y otra vez hacia ciertas obsesiones y fantasmas. El reto era contarlo con sencillez, desde lo cotidiano, de modo que la trascendencia no estuviese en el texto, sino en lo que evoque al espectador.
En ‘Darwin dice’, sin embargo, quería plantear una historia sobre el mundo del trabajo y la deshumanización a la que nos aboca el capitalismo salvaje que nos domina. En este caso, al igual que en ‘Cuando fuimos dos’, busqué mucho la estructura, pues quería introducir un elemento que me permitiese distorsionar la realidad e incorporar un elemento más próximo al teatro de la crueldad e incluso del absurdo. Las figuras del Empresario y del Reportero, dos personajes que sirven de eje a la obra y en los que recae el peso del darwinismo que da título a la obra, fueron la clave para construir el texto.
En ambos casos, además, he tenido la suerte de contar con dos compañías magníficas: CríaCuervos y Vaivén Teatro. Dos ejemplos de gente joven que lucha por crear, por hacer teatro y que, además, apuesta por autores contemporáneos. Me siento muy feliz de haber compartido aventura con ellos.

Pregunta: ¿Cuál de tus obras, novelas o dramas, destacarías en este momento?
Ahora mismo estoy muy involucrado con la última novela que he publicado, “La inmortalidad del cangrejo”. Ha salido con Baile del Sol y es un thriller en el que se plantea un retrato muy duro de los orígenes de nuestra crisis actual. Está ambientada en el Madrid de 2001, justo tras el 11-S, y las críticas y las reacciones de los lectores están siendo muy positivas.
Por otro lado, quizá la novela que más se asocie conmigo sea “La edad de la ira”, que publiqué con Espasa hace ya casi tres años y que cada día es lectura obligatoria en más institutos, entre alumnos de 4ºESO y Bachillerato. Para mí ese ha sido, sin duda, uno de los logros de los que me siento más orgulloso.

Pregunta: Para terminar, y ya que eres profesor, ¿qué recomendarías a un chico joven que te dijera que quiere dedicarse a escribir?
Ante todo, que escriba. Escribir es un oficio y, como tal, requiere equivocarse, aprender, volver a equivocarse y, sobre todo, tachar. Son muchas más las páginas que he tachado que las que he acabado dando por válidas. Y, por último, que no se desanime. Hay muchos noes en el camino, pero si he aprendido algo en estos años es que, tras esos noes, el tesón acaba dando siempre con un sí. Por difícil que parezca.

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